CUBA: El Socialismo del siglo XXI y el cambio de mentalidad

Vicente Morín Aguado

HAVANA TIMES — En reiteradas ocasiones, el Presidente cubano Raúl Castro ha insistido en la importancia de un cambio de mentalidad, objetivo del Partido, considerado como uno de los asuntos más difíciles a lograr. De entre varias, extraemos estas palabras del también Primer Secretario del PCC, dichas al clausurar su Sexto Congreso, el diecinueve de abril de 2011:

“Cambiar la mentalidad en la vida del Partido, según mi opinión, es lo que más trabajo nos llevará superar, al estar atada durante años a los mismos dogmas y criterios obsoletos”.

Precisamente, el máximo cónclave partidista, dedicado por entero a la economía, en lo que se ha llamado “Actualización del modelo socialista cubano”, dio curso a un proceso de reformas que da un mayor espacio al mercado, ampliando el trabajo por cuenta propia y otras formas de propiedad como la privada en pequeña o mediana dimensión y la cooperativa, sin desmantelar la amplia base del patrimonio estatal, conquista esencial del socialismo.

Si mencionamos al Estado como categoría económica, la mayoría de los cubanos, especialmente los hombres y mujeres que ya peinan canas, imaginan el Socialismo clásico, con sus variantes conocidas, desde que Lenin lidereó la Revolución Bolchevique.

Entrando entonces en el dilema de “los dogmas y criterios obsoletos”, acudimos a Hugo Chávez Frías, discípulo declarado de Fidel Castro y amigo entrañable de la Cuba revolucionaria.

El presidente venezolano habla reiteradamente de El Socialismo del Siglo XXI, sin aventurarse en los difíciles caminos de la teoría económica, más bien ocupándose de alcanzar la mayor cuota de justicia social para su pueblo, acompañada del máximo posible de solidaridad en todos los ámbitos.

Socialismo con mecanismos de mercado

Evidentemente, el antiguo socialismo, por muchos llamado “Socialismo Real”, fracasó en Europa y la URSS.

Unos primero y otros después, los países sobrevivientes de aquel extraordinario experimento social, debieron aplicar reformas, signadas siempre, incluso ahora en Cuba, por la apertura al mercado.

Tal parece un regreso al pasado capitalista, aunque sin perder el Poder de los trabajadores, simbolizado en la conservación del partido único, de ideología marxista-leninista, con especial impacto de los fundadores reconocidos en cada nación.

Venezuela, a la que podríamos llamar tentativamente como un socialismo emergente, surgido en el nuevo milenio, parte de una variante inversa: un capitalismo y un sistema político típicos del Tercer Mundo, aunque con la ayuda de inmensos recursos petroleros.

La tarea de Chávez ha sido conquistar espacios al régimen existente, consolidando la propiedad estatal sobre los estratégicos hidrocarburos, a la par de crear nuevas empresas públicas, así como formas solidarias, para distribuir la riqueza en manos del Estado.

¿A dónde iremos nosotros? ¿A dónde debemos ir?… Cierta lógica apunta a una confluencia entre el intento venezolano y el modelo cubano. Sin perder lo conquistado, el destino parece ser privatizar o cooperativizar, con finalidad social y controles públicos, según sea aconsejable, áreas mayoritarias de los servicios, así como ciertas zonas de la actividad directamente productora de bienes materiales.

¿Por qué decimos confluencia? Porque deseamos que nuestros amigos venezolanos eviten caer en el absolutismo de intervenir a los barberos, vendedores de frituras, dueños de pequeños restaurantes y otras muchas pequeñas o medianas propiedades, tan mal administradas y escasamente productivas en otras latitudes del derrumbado proyecto socialista, lo que igualmente sucede ahora en el nuestro.

Una mentalidad centrista lentamente abriendo a mecanismos no explotador de mercado

El sentir y las opiniones populares de los cubanos apuntan en esa dirección, corroborada por decenas de miles de opiniones, vertidas durante las discusiones populares, previas al Sexto Congreso del Partido.

Criterios que enriquecieron, cambiaron y/o modificaron los llamados Lineamientos, como normativas que rigen los cambios del modelo económico cubano.

Ahora se percibe una voluntad de hacer cumplir lo acordado, partiendo de un cabal conocimiento y reconocimiento de nuestra realidad.

Lo anterior es un gran paso de avance pero chocamos con ese necesario “cambio de mentalidad”, de antemano previsto como el “gran escollo” en el largo camino por recorrer.

Un repaso a las opiniones de los lectores de Granma, publicadas los viernes, es tremendamente ilustrativo del difícil debate actual que vive la sociedad cubana.

En esas páginas, una señora se queja porque su celular presentaba problemas en las teclas y fue hasta un taller estatal, donde no encontró el arreglo.

Alguien en la acera de enfrente le recomendó a un trabajador por cuenta propia, el cual resolvió la rotura en sólo siete minutos, con garantía incluida. La mujer termina preguntándose: ¿Por qué el Estado se da el lujo de perder clientes, credibilidad e ingreso económico?…

Lo interesante es que el disgusto y la decepción están dados por preconcebir que el asunto debió resolverlo el Estado y no el trabajador privado.

Buscando criterios, otro opinante recuerda cómo décadas atrás los CDR recogían la materia prima de forma voluntaria, sin mediar estímulos monetarios, preguntándose si esta tarea dejó de serlo para la actual organización masiva cubana, única de su tipo en el mundo.

Como es ya igualmente popular, gente en su mayoría de bajos ingresos, colectan las principales materias primas reciclables: botellas de cristal, cartón, papel, latas de aluminio, metales no ferrosos y otros, que venden exitosamente en establecimientos creados por el Estado para estos fines.

Evidentemente, estos nuevos mecanismos demuestran tener éxito. Entonces es lógica la decisión de los Comités de Defensa de la Revolución, al encaminar sus esfuerzos hacia otras actividades o, inclusive, dentro del tema de las materias primas, plantearse objetivos diferentes.

Nuevos tiempos exigen un cambio de mentalidad, exigen y necesitan cambiar “dogmas y criterios obsoletos”.

Cooperativas sensibles al mercado

En ocasiones, sin proponérselo, un lector da respuesta a la inquietud de otro, mostrando la posibilidad real de romper con los viejos esquemas de pensamiento y de acción.

Tal es el caso de una queja sobre los talleres para reparar vehículos automotores. Es muy común que no hay piezas de repuesto, sin embargo, los mecánicos las tienen “por debajo de la mesa” y las ofrecen con precios diferenciados.

De igual forma, si el cliente desea trabajo rápido y eficiente, debe pagar la “propina obligada”, algo así como un precio particular por la mano de obra del mecánico.

Sin embargo, el caso anterior motiva una reflexión del lector: “Este accionar de una especie de empresa privada en nuestros talleres se ha convertido en una práctica desde hace algunos años. Se utilizan las instalaciones, recursos y medios de la empresa estatal con fines privados y yo me pregunto: ¿No sería mejor convertir estos talleres en una empresa cooperativa?…

El asunto no es reiterar “el dogma” de hacer eficiente,¿a la fuerza o por arte de magia?, a los consabidos talleres, por décadas incapaces de satisfacer e las expectativas populares.

Se impone, como lógicamente pensó el citado lector, “cambiar todo lo que deba ser cambiado”,que es hacer Revolución, según la expresión de Fidel, reproducida en todos los establecimientos y plazas del país.

Es vergonzoso y alarmante, cómo un sin fin de instalaciones productivas o de los servicios, funcionan con recursos del Estado e inclusive sus trabajadores invierten de su propio peculio, para mantener o ampliar las ofertas de bienes y servicios. Posteriormente se reparten las ganancias, reportando una parte a la empresa estatal.

De facto y ante los ojos “vendados” de quiénes deben impedir estas acciones, han convertido su establecimiento en la antesala, un tanto desvirtuada por las circunstancias, de una cooperativa.

Otra práctica repetida es producir más con menos, tomando lo ahorrado como algo propio. En una panadería se producen trescientos panes con los recursos para doscientos, con la consiguiente reducción en la calidad de los mismos. Los cien panes “adicionales” se transforman en ingresos extra para los implicados.

Ahora lo esperado, el asunto que está por verse, es si la voluntad expresada y convertida en Lineamientos, será ejecutada y completada con los nuevos pasos que necesariamente han de venir.

¿Nos atreveremos a cooperativizar las panaderías, incapaces hoy de darnos un pan medianamente bueno?

Nueva fase del experimento

También Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, publica artículos que llaman al cambio de mentalidad. Puede leerse uno de Félix López, titulado “Fotograma por cuenta propia”, donde el periodista afirma:

Con todas sus virtudes y sus defectos, la “fotografía” actual del entorno es bien diferente a la de hace dos años atrás. Y para bien. Lo dicen las estadísticas y la opinión popular: el sesenta y seis por ciento de los cubanos que hoy se desenvuelven en el trabajo por cuenta propia carecían de vínculo laboral. La economía familiar, en muchos casos, comienza a moverse favorablemente.

Una buena parte de quiénes opinan en contra de los cambios parecen olvidar la realidad,  en su afán por vivir en el pasado, mentalmente atrincherados, tal vez porque en la mayoría de los casos carecen de imaginación, iniciativa o recursos para incorporarse a las nuevas formas de   funcionamiento económico-social.

Ha echado a andar una nueva etapa de ese gran experimento, escaso en definiciones y repetido continuamente como lema: El socialismo del siglo veintiuno.

Ahora está por verse si los cambios nos traerán un nivel de producción, capaz de hacer realidad aquel principio de los fundadores del ideal socialista, repetido en los “Manuales de Economía Política”, el cual proclamaba como objetivo esencial La Satisfacción de las necesidades cada vez más crecientes de la población. 

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