COLOMBIA: Periodismo en tiempo de balas

por Juan Alberto Sánchez Marín, periodista y realizador de cine y televisión colombiano.

“La única forma de comunicación adecuada, desde la perspectiva del poder, es la propagandística. En tal sentido, el periodismo bueno es aquel que es útil a los intereses de quien lo juzga o califica. La radio refuerza lo dicho por la televisión. Los portales de los medios masivos y sus derivaciones lo complementan. Los medios impresos hacen eco de lo mismo y le añaden nuevos matices. Todos hablan de lo mismo, todos entrevistan al mismo y casi a la misma vez. La verdad deja de tener algo que ver con la honestidad o la sinceridad, y no es un acuerdo social sobre la realidad y sus hechos: La verdad se acomoda en salas de redacción, pero antes se configuró en una oficina burocrática o en una pomposa gerencia. El periodista en contravía es negado. El medio lo descarta, la sociedad lo desaprueba y condena. Los actores de la guerra le endilgan las culpas a conveniencia.”

El poder, entre otras, tiene dos cosas claras: que los vencedores son quienes cuentan la historia y que si la historia no existe hay que inventarla al tamaño o moldearla según se le de la gana. Y algo más: que buena parte de la historia, hoy en día, la asumen los medios, los periodistas, por abrogación, implantación, cesión, irrupción, en fin.

O al menos, que tal versión es la que principalmente va quedando retenida en los dispositivos de almacenamiento masivo. Una memoria de la humanidad que ya no está en las “Casas de la Vida” (1) de Tebas o Karnak, ni en Alejandría, sino en caldeados servidores en los Estados Unidos.

Llevamos 25 siglos creyendo, como Herodoto, que los griegos eran los civilizados y los persas los bárbaros, sólo porque quienes vencieron en las Guerras Médicas fueron los primeros. Herodoto, que era cario, pero siempre se creyó griego. Como nosotros, que no nos tenemos por bárbaros, aunque sabemos muy bien que, al menos según la consideración de la cultura hegemónica, tampoco somos los civilizados.

África es salvaje desde aquellos días de los Atlantes, condenados en la descripción de Plinio el Viejo a ser vistos como “una degeneración de las costumbres humanas” (2). ¿Quiénes serían Atila o Alarico, o los hunos y los vándalos, despojados de la leyenda negra fraguada desde la estrecha dicotomía de bárbaros y civilizados de los romanos? Es muy probable que entonces esa visión de seres brutales la mutáramos por la de libertadores, porque así de leves y aleves son también nuestras convicciones acerca de los personajes históricos.

A Occidente nos llegó de ellos la narración del mundo y así lo concebimos todavía: grecorromanamente. Lo cual no es malo, sino malísimo, por lo que tiene de sesgado y excluyente. Pero, peor aún: La visión llegó trajinada y cansada, sin la curiosidad de Herodoto, el “Padre de la Historia”, y sin el enciclopedismo de Plinio el Viejo.

Llegó el poder a nosotros, en cambio, lo mismo de arisco y asustadizo: En Washington o Bogotá, al modo de Atenas o Roma, los buenos conquistadores nunca dejan de estar nerviosos ni de curarse en salud de la mejor manera que pueden, que es el peor padecimiento para el resto de los mortales, a quienes unos pocos nos cuentan lo que nos pasa e incluso nos indican lo que somos.

Otro Plinio (Apuleyo Mendoza) y otros arrogados “padres de la histeria”, como Carlos Alberto Montaner, Enrique Krauze, Andrés Oppenheimer, Álvaro Vargas Llosa, Moisés Naím, hasta Jaime Bayly, o, en Colombia, Alfredo Rangel, Rafael Nieto, María Isabel Rueda, Salud Hernández, José Obdulio Gaviria, Fernando Londoño, Francisco Santos y un largo etcétera, ejecutan la tarea de acuñar matrices, desnaturalizar hechos y desviar la atención en nuestra historia reciente.

Son periodistas sin sentido del contenido social del oficio u oficiantes sin sentido del quehacer profesional, lo cual es lo mismo, pero sí de una firme y definida militancia en torno a los principios de la autoridad, una proyección condescendiente y disfrazada de los valores del imperio y del dominio a los cuales sirven.

Ellos siguen negándose a ver en los contrarios otra cosa que no sean degeneraciones de las costumbres humanas. Y rehuyendo también a aceptar que todo idiota útil nunca deja de ser un contrario. Un pistón del engranaje mayor. Vean si no lo que le pasó a Londoño. Uno de los más detestables mejores ejemplos.

Sus cómplices e interesadas interpretaciones de lo que acontece son registradas por los medios como si fuera la realidad que vivimos y la historia que deviene.

El poder los utiliza para describir el mundo a sus pies, funcional y obsecuente, y ellos se usan a sí mismos para interpretarse e interpretarnos como una comprometida parte de él. Alguno de ellos podría serlo en verdad, ninguno de nosotros lo es.

Lo molesto: lo malo

En una sociedad en la que el ayer se desdibuja en el recuerdo y ni siquiera se le relega a la anécdota, y donde el mañana sólo se vislumbra desde lo noticioso, el presente se relata como una manera de afianzar lo que se es y lo que no. Y las diversas fuerzas encontradas procuran que la historia se vuelva una puesta en escena ante el ojo de la cámara o unas líneas bien memorizadas frente al micrófono.

Los gobiernos prometen y las instituciones aparentan hacer algo, cualquier cosa. Las corporaciones son empresas altruistas. Los banqueros apoyan proyectos sociales y le prestan al pobre. El devoto actúa de manera desinteresada y pone cara de tal. El poder es noble.

Si el mundo no marcha, tienen la culpa el indio, el negro, el homosexual, el pobretón, el guerrillero, el invierno, el verano, la crisis mundial. O el correveidile, que es el periodista contando, publicando, fotografiando lo que puede que todo el mundo quiera saber, pero que a los centros del poder casi nunca conviene.

Hacer periodismo puede ser igual de vedado y aventurado en China, país al que se le endilgan tantos males al respecto, como en los Estados Unidos, que se precian de lo contrario justamente para disimular que el asunto es idéntico. Corrijo: mucho más malo. El lobo suaviza el aullido, rumia, se recubre de lana, se hace llamar Dolly, pero no es una oveja y no se necesita ser Linneo para saberlo.

Porque la amenaza a la libertad de información no es un asunto de la clase de sistema político o económico imperante, o de cobertura o localización, ni siquiera es ideológico: Es, sencillamente, de pánico del poder hacia la verdad.

El poderoso que asciende o se mantiene de modo fraudulento no puede considerar indicada una simple referencia al tema. El gobierno que ha violado los derechos humanos ha de tildar de terroristas a sus defensores. El político que ha saqueado las arcas públicas tiene que ver adversarios malintencionados en quienes intenten hacer las cuentas. Cuando menos, es lógico.

El ex presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez dijo que el periodista francés Romeo Langlois, en poder de las FARC, es un grosero (3): En plena faena pública el periodista se atrevió a interpelar al ex mandatario acerca de la cesión de tierras a la multinacional canadiense Anglo Gold Ashanti, tornándole la sonrisa en un rictus rabioso (4). Un grosero con el poder. Más aún: Un malcriado con sus intríngulis.

Los secretos de estado, las clasificaciones preventivas de información, los llamados datos sensibles y los delicados asuntos gubernamentales, sin desconocer que algunas veces pueden ser razonables, en muchas ocasiones son máscaras para ocultar prácticas insanas, atentados constitucionales o claras violaciones a las leyes hechas por los propios gobiernos y sus círculos de poder.

Los Estados Unidos han puesto todas las trabas posibles para hacer efectiva la Ley de Libertad de Información (FOIA), denegando de manera injusta la desclasificación de documentos y trabajando solapadamente en la reclasificación de otros que eran públicos.

En virtud de la FOIA y gracias a la labor del Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington (5), una organización dedicada a la desclasificación de documentos confidenciales del gobierno norteamericano y de ponerlos a la disposición de la prensa y los ciudadanos, conocimos de primera mano los asedios y hostigamientos hacia Cuba y buena parte de la operación Cóndor, la alianza siniestra entre el gobierno estadounidense, la CIA y las dictaduras del Cono Sur.

La publicación de Wikileaks de más de 800 mil documentos clasificados, 250 mil cables diplomáticos secretos y 5 millones de correos de la empresa Stratfor, la CÍA en la sombra, fue un viento fuerte que dejó al descubierto muchas prácticas infames en la conducción de la política internacional de los Estados Unidos y sus allegados. La ira divina de Washington hacia Assange se manifestó en cargos contra él redactados, cómo no, en secreto (6).

En Colombia, para no ir más lejos, el secreto a voces de la asociación de Álvaro Uribe Vélez con el narcotráfico y los paramilitares no afectó su favorabilidad ni le impidió el ascenso a la presidencia del país en 2002.

Sin embargo, fue la revelación de los mecanismos utilizados en su paranoia, durante el ejercicio del poder, la que lo puso en el ojo del huracán. En el afán por permanecer en la Casa de Nariño, el ex presidente espió y persiguió, en prácticas que según parece nunca le fueron extrañas, sólo que esta vez aconteció con una diferencia: los complots denunciados, unos tras otros, fueron noticia.

Esto hace suponer que los escándalos son las únicas boyas que quedan puestas en la vía guiando el transcurrir de la deleznable democracia de papel que es el país suramericano.

Lo útil: lo bueno

La única forma de comunicación adecuada, desde la perspectiva del poder, es la propagandística. En tal sentido, el periodismo bueno es aquel que es útil a los intereses de quien lo juzga o califica.

Y de tal modo lo asumen los medios, desde los grandes y transnacionales, hasta los desvalidos y locales, pasando por los estadios intermedios.

Una sujeción entendible desde todo punto de vista: En los unos, porque ellos mismos son el poder, pues los grandes medios cada vez son más apéndices corporativos que proyectos autónomos e independientes. En los otros, porque si no se alinean se mueren: si dices lo que quieres, te recorto los fondos (publicidad, auspicio, financiación, o como se llame la fuente del chantaje); si no dices lo que quiero, te los suprimo. Más grave: si dices algo que no me gusta o conviene, te demando.

La seducción subliminal, de la que se echaba mano hace tiempo, ahora no es necesaria, y los estudios especializados incluso la descalifican como recurso. Hoy la trama – tramoya es al descaro.

Las llamadas alianzas estratégicas informativas en boga son alineaciones continentales mal disimuladas. Explícitas durante ocasiones particulares, como una tragedia o una cumbre, con una metodología azarosa y un aire de mundo terminal. O implícitas, en el codo a codo del día a día. En todo caso, gobiernos, multinacionales y medios confabulados y alineados tras la misma zanja, desde la Patagonia hasta arriba de los Grandes Lagos.

La radio refuerza lo dicho por la televisión. Los portales de los medios masivos y sus derivaciones lo complementan. Los medios impresos hacen eco de lo mismo y le añaden nuevos matices. Todos hablan de lo mismo, todos entrevistan al mismo y casi a la misma vez.

La verdad deja de tener algo que ver con la honestidad o la sinceridad, y no es un acuerdo social sobre la realidad y sus hechos: La verdad se acomoda en salas de redacción, pero antes se configuró en una oficina burocrática o en una pomposa gerencia.

El periodista en contravía es negado. El medio lo descarta, la sociedad lo desaprueba y condena. Los actores de la guerra le endilgan las culpas a conveniencia.

En una realidad transformada en un escenario de constante conflicto mediático, no existen los desinteresados, sino los bien disimulados. Una premisa importante de la credibilidad periodística: Aparentar lo que no se piensa, en aras del falso equilibrio informativo, y decir de vez en cuando lo que muchos quieren oír, en bien del engaño masivo.

Quienes se sustraen a ello van portando el estandarte del bien o del mal, según quién mire y desde dónde. Entonces, el periodista es esto u aquello; el periodista es corporativo o subversivo. Lo que no puede conducir sino a que el periodista es aliado, o adversario.

Y el animal social y político que es el periodista termina asumiendo que lo que hace es una cosa u otra, tiñendo con aspectos ideológicos la información, lo que empeora porque se lleva a cabo ocultando lo que pasa en bien de las creencias o de su bolsillo, secundando a sabiendas o no un propósito político o económico, y, lo más grave, callando las injusticias o atacando las causas justas.

Como en la propaganda, otra vez, no se busca que los medios mientan, sino que omitan. No se pretende que ellos alteren la realidad, sino que le den una estructura informativa, antes que con base en los principios elementales del oficio, en el cálculo de su impacto y poder de convicción. No se llega a la simpleza de ofrecer una sola arista de los fenómenos, sino a la comprobación de que una sola visión de ellos es admisible: ¡civilizada!

El resultado, desde luego, es una falacia mayor, donde lo que se discute o llega a cuestionar en foros y simposios es el tamaño de la mentira. Su venialidad o no. No la mentira en sí, que ha sido convalidada en lo mediático, aprobada en lo gubernamental, bendecida por el cura y es parte esencial del espectáculo.

Lo otro: lo peligroso

Experiencias interesantes han surgido siempre para romper este círculo (cerco) mediático. Algunas han terminado sumidas en el ostracismo y su impacto no ha traspasado sino restringidos ámbitos de circulación. Sectas de opinión e información casi secretas. Es que no resulta sencilla la batalla contra el poder con los sesgos providenciales a favor, los extendidos tentáculos y las fortunas alertas.

Pero otros medios alternativos, necesarias experiencias de comunicación transversal, señales que fluyen desde abajo, todos con contenidos tan resbaladizos para ese poder, configuran sin duda alguna una esperanza desde la pluriculturalidad y la diversidad de su esencia. Son en ocasiones valerosas voces insertas en estructuras demoledoras, cuya palabra es fuente de juicio al permitirnos estar al corriente de aquellos hechos que son primordiales y a nadie importan. Nadie, desde luego, es el medio masivo que no los reportará jamás.

El surgimiento de la Internet 2.0, la blogósfera y las redes sociales abrieron nuevos caminos, aunque la determinación e impacto reales continúan sin estudiarse plenamente, incluyendo el papel en las llamadas revoluciones de la Primavera Árabe, sobrevalorado por unos, minimizado por otros.

Varios portales y blogs interesantes han llegado a ser notorios en el maremágnum de la red, pero muchos de ellos también se han desvanecido con la misma facilidad y rapidez con la que aparecieron.

Estos ámbitos también son penetrados por los intereses imperiales, que a través de sus capitales sobornan, compran, alquilan y, en todo caso, adquieren partidarios y generan voces contestatarias al gusto, como es el caso de Cuba, donde el gobierno de los Estados Unidos y la CIA explotan las difíciles condiciones que debe afrontar el país caribeño gracias al ilegal bloqueo y financian propuestas mercenarias, a las que luego otorgan, por ejemplo, el Premio Internacional Mujeres de Coraje, que otorga cada año la Secretaría de Estado de los mismos Estados Unidos. “Me canto y me celebro, me celebro y me canto”, como lo cantó el finado Facundo Cabral, repetidor de Whitman (7), el emblemático poeta de la enjundia estadounidense.

Me refiero, por supuesto, al blog “Generación Y”, inspirado, según la autora, en nombres de generaciones de los años setenta y ochenta que inician con la “i griega” o la contienen, pero que en realidad es “pro Y”, por su irrestricta adhesión al yanqui.

O en Venezuela. O en Ecuador, Bolivia o Nicaragua, donde capitales provenientes de la Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos, USAID, han apoyado líderes, instituciones y medios opositores, y han capacitado en el uso de redes como Twitter y Facebook (8).

No obstante, el carácter personal o de pequeños grupos, a la deriva o virtualmente con filiaciones malucas, la proliferación de puntos de vista diferentes, la posibilidad de penetración al corazón de muchos acontecimientos, la variedad y versatilidad de los recursos y los formatos utilizados, el juego de cuerda entre la inmediatez y el regodeo informativos, como factores fuera del control del poder, han conducido a que los novedosos recursos cuajen a veces como entes molestos y peligrosos.

A los que hay que meter en cintura cuanto antes y de cualquier modo. Para eso están las leyes. Para eso las usa el poder: SOPA, PIPA (EEUU), SINDE-WERT (España), LLERAS 1 y 2.0 (Colombia), DÖRING (México), SOCA (Reino Unido), HADOPI (Francia), ACTA (de todas partes), en fin.

Y una utopía incontinenti, que nada tiene que ver con las renacentistas de Moro, Bacon o Campanella, pero que sí constituye un delirio quizás producto de las innovaciones existidas: Un mundo de desconectados, aislados, desterrados, castigados, encarcelados, escarmentados y sometidos. La ínsula no se bordea en la medialuna de su contorno imaginario: se circunda en el cuadrado PC de cada quien.

Aires frescos fluyen, para el caso, frente a la vigilancia, censura y persecución en la Internet. No hace falta enunciar sino a Free Software Foundation, Open Source Initiative, OpenDNS, Tor Project (navegación anónima) o la reciente puesta en marcha del proyecto UTUTO XS 2012, nacido y criado en la Argentina. Software libre frente al patio entre rejas electrificadas que es la Global Online Freedom Act de los Estados Unidos, o la ley de alto espionaje que ese mismo país cocina a fuego lento, la CISPA (CIAspa, más bien).

A pocas cosas teme más el sistema capitalista que a la libertad y a ninguna como a la de la expresión de las comunidades, aunque pueda parecer un contrasentido con sus axiomas pregonados de reivindicación de las individualidades. La pretensión de un pensamiento uniforme, algo de lo que tanto se ha acusado al socialismo, surge más bien como un requisito vital para el capitalismo. Los medios convencionales no hacen otra cosa que buscarlo y afianzarlo.

Basta darle una ojeada al lenguaje, que en la estrechez a la que es trasladado se hace determinante en el propósito de emparejar los ambientes: Los medios son los motores del diálogo e intentan ser los móviles de la deliberación, en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en el descanso. Un conductismo ramplón que, difícil no reconocerlo, le saca el jugo a nuestros más resignados y livianos comportamientos.

Únicamente el poder es fractal y los medios le confieren el don de la ubicuidad. A quienes lo encarnan y a lo que dice. Y los adjetivos calificativos o descalificativos usados se vuelven idénticos. El pobre lenguaje padece la desgracia sobre el lomo de pocas, poquísimas palabras.

El policía muerto, héroe patrio. El militar muerto, héroe de la patria. Y ambos vivos enviados a confirmar su ingrato papel en esa especie de Frente Este que es buena parte de Colombia. O de México. O de Honduras. O del mundo.

El lenguaje se hizo panfletario. Verosímil para los adeptos, odioso para los antónimos. De pronto, ineficaz en su fin soterrado de convencer, y mucho más en el pregonado e inmediato de informar. La repetición de frases hace lemas los contextos, los afanes por explicitar la sumisión vuelven un bastidor ideológico cualquier descripción, los cuestionamientos rinden más pleitesía que las loas. Basta ver las entrevistas de CNN para entenderlo. De Cala a Uribe, para no ir más lejos. O de Cala a cualquiera, para no restringir el prototipo (9).

Muchas veces, la inexperiencia y los temores a generar una agenda noticiosa propia, junto al carácter reactivo en el manejo de la información, determinan desde adentro los mayores límites de varios de esos interesantes planteamientos en contravía, los que a toda costa buscan fortalecer un camino comunicacional distinto.

Más allá de los vetos, las acusaciones y la innegable persecución de que son objeto las experiencias opcionales, con otro enfoque y con interés social, el riesgo es que terminen siendo bastiones burocráticos o búnkeres ideológicos dedicados a reproducir, desde otra orilla, los mismos modelos existentes.

La penitencia: lo criminal

Las circunstancias muestran cuánto benefician al poder las escisiones ideológicas, sociales, políticas. La demonización del otro cierra filas en torno a ideas y acciones, con la adicional ventaja que otorga dejar de lado la reflexión, base de cualquier cuestionamiento.

Los medios, en tanto que factores de homogenización en el consumismo, en la impudicia de los propósitos, en la indiferencia hacia temas trascendentes, endurecen a toda costa las posiciones en pos de hacer una sociedad dividida en grupos de pensamiento cada vez más radicales y antagónicos. Un desliz desprevenidamente menor que, con todo cálculo, auxilia gobiernos, grupos económicos y sectores fuertes de la sociedad, que, apoyándose en mecanismos sutiles de control y manipulación, ven mejorar las condiciones para afianzar sus oscuras premisas en los imaginarios.

Durante el gobierno de Álvaro Uribe, en Colombia, una mirada paramilitar de la vida intentó posicionarse en todos los espacios de la cotidianidad del país y en buena medida lo consiguió: El mensaje corrió desde las estructuras del poder gubernamentales, terratenientes, empresariales, militares, clericales.

Y vino hasta los mismos vecinos de las víctimas, algunos de los cuales terminaron creyendo más la quimera mediática que el escenario frente a sus narices. Claro, también fueron muchos menos de los que afirmaban los propios medios masivos o las mediciones hechas a sueldo.

Periodistas colombianos como Alfredo Molano, Daniel Coronel, Holman Morris, Felipe Zuleta, Claudia Julieta Duque, Ramiro Bejarano, Carlos Lozano, entre muchísimos otros, quienes no dejaron de estorbarle al festejo delincuencial reinante, debieron exiliarse o ejercer su profesión contra viento y marea. La verdad, para la represión, es subversiva. La mentira, para la sociedad, actúa como un tranquilizante.

La verdad se hizo nociva para la salud y el engaño fue cada vez más necesario para que la guerra no fuera algo psicosomático que afectara todos los órganos del país y enseñara la debilidad connatural. Muchos creyeron entonces que la Seguridad Democrática era algo necesario, seguro, cierto.

Una sociedad hipócritamente fundada en los valores católicos, que había convalidado con su voto una estructura criminal al frente del país, halló algo de indulgencia al convencerse de que todo era en pos de un fin ulterior benéfico. Uribe, paramilitarismo, falsos positivos, espionaje, persecuciones, asesinatos… se justificaban como el precio de un país sin FARC.

Pero esa sociedad no se percató de que un país con todo lo anterior y a la vez sin porvenir, sin alimento, sin salud, sin vivienda, sin justicia social, nunca dejará de ser un país con FARC, con ELN, con inconformismo, con atentados, con muertos, con sindicalistas sin entregarse y con todos los riesgos vivos. La primera causa es elemental: la mentira, que comparte con las ilusiones el hecho de que no se comen, al contrario de estas, no alimenta. (10) Tampoco alivia ni abriga, ni tranquiliza.

La profesión del periodista siempre ha estado rodeada de riesgos, asedios y espantos cuando, en vez de seguir adelante con el concierto mediático para delinquir, da a conocer los asuntos que esa penitencia social niega, y cuando llama a preocuparse por lo que ocurre detrás de las trincheras mentales que cada quien va forjándose muchas veces sin pensarlo.

En Colombia, el establecimiento pone el grito en el cielo de labios para afuera por la retención del periodista francés Romeo Langlois. Un escándalo asistido por el provecho que puede sacar en la guerra contra las FARC, la que no se libra sólo en las selvas y barriadas, sino también unilateralmente en los medios.

Es neurálgico que un vocero de la intolerancia, como Fernando Londoño, en ves de percatarse de que está vivo y pagarle sus deudas de corrupción al estado, se crea un elegido vuelto de la muerte y prosiga su siniestra misión invocando al diablo. Nunca hubo una hora de la verdad, en cambio estamos contando las primeras horas de quien sabe cuántos años de la segunda serie de sus malintencionadas mentiras (11).

Es triste que el periodista Langlois, después de esta experiencia, pueda ser bueno si dice una cosa o malo si la contraria. Pero también es cierto que así será porque ese es el fatal sino de hacer periodismo en tiempo de balas.

Pocos pistoleros aceptan que las palabras tienen una coraza que ninguna bala penetra. Y que la historia va siendo esclarecida aun a pesar de ella misma, de sus connotados narradores de platea y de sus afanosos archiveros, más tarde o más temprano; sea en milenios, como en los tiempos de los griegos y los persas, o en años o días, como en el presente.

Por más que colapsen durante algún tiempo las instituciones dedicadas a la defensa de la justicia, por más que las altas esferas intercambien favores para cubrirse la espalda o por más que su divulgación no deje de ser una actividad de altísimo riesgo, los abusos e injusticias contra los pueblos no pueden ocultarse por siempre. Y se pagan.

NOTAS

(1) Los egipcios llamaban “Casas de la Vida” a las bibliotecas, que se ubicaban en los palacios reales y en los templos.

(2) Plinio el Viejo. Historia Natural. Volumen V. Pág. 44.

(3) El Espectador: “Uribe asegura que Romeo Langlois es un periodista ‘muy grosero”. 8 de mayo de 2012

(4) “Por todo el oro de Colombia” (documental). Dir: Romeo Langlois. El pasaje citado se encuentra aproximadamente en el minuto 25. El documental fue subtitulado por “La Silla Vacía”, pero las gestiones de Álvaro Uribe, según lo afirma el propio portal, hicieron que el material tuviera que ser retirado de su sitio

(5) The National Security Archive. The George Washington University

(6) “Los correos de Stratfor revelan que EEUU tiene preparada una acusación contra Assange”. Público.es 

(7) WHITMAN, Walt. Hojas de Hierba. Ed. Novaro. España, 11 ed. 1979. Pág. 113.

(8) La Jornada: “La USAID en Venezuela”. Por: José Steinsleger. México, 1 de febrero de 2012.

(9) Portal de CNN Español. “Esta semana en Cala”. Álvaro Uribe, lunes 21 de mayo de 2012 – “Cala en Colombia”. 26 de septiembre de 2011

(10) GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. El coronel no tiene quién le escriba. Ed. La Oveja Negra. Bogotá, 1980. Pág. 28.

Referencia al diálogo entre el coronel y su mujer: “-La ilusión no se come -dijo ella./ -No se come, pero alimenta -replicó el coronel-.”

(11) El Espectador. “Fernando Londoño dice que atentado no es de extrema derecha”. 23 de mayo de 2012

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