URUGUAY: El sepelio del maestro Julio Castro, secuestrado y desaparecido en 1977. Carta de su compañero Miguel Soler Roca.

 “ Yo no sé si maestro se nace, pero siempre he creído que una
condición del verdadero maestro es esa cosa, tan de Julio,
de enseñar como sin proponérselo, sin el menor aire profesional,
haciendo de la sabiduría casi una condición natural
como de cuento junto al fogón compañero.”
Guillermo Chifflet (fundador del Frente Amplio)

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Amigas, amigos,

El entrañable educador Miguel Soler Roca, nos hace llegar sus sentimientos y su crónica personal sobre el velatorio y sepelio del maestro Julio Castro, que fuera secuestrado en Montevideo en 1977 por militares. Desde entonces, y hasta fines del año pasado Castro permaneció como “desaparecido”. En octubre del 2011 sus restos fueron por fin localizados e identificados. Fué entonces cuando Miguel Soler nos hizo llegar su emotiva “declaración personal”. En ese texto, el veterano e incansable maestro y luchador social escribía: “espero no morir sin haber llevado una rosa al lugar definitivo de descanso de Julio Castro.”

Miguel ha podido cumplir su deseo. Y más aún, vuelve a ser el mejor cronista “del final de una trágica búsqueda que -nos dice – ha permitido un reencuentro humilde, silencioso, auténtico”. Y con su rosa roja, nos representa a todos los que compartimos este recuerdo y homenaje al maestro uruguayo Julio Castro.

Gracias querido Miguel.

Carlos
SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa.

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Queridas amigas y queridos amigos:

Este correo tiene por destinatarios los residentes uruguayos en Cataluña y otros lugares de fuera de Uruguay, así como a personas que sin ser uruguayas han mostrado interés en el caso del Maestro Julio Castro. Procuraré dar cuenta a título exclusivamente personal de hechos y sentimientos vinculados al reciente velatorio y sepelio de sus restos. Se me perdonará si mi comentario incluye detalles bien conocidos por los compatriotas.

Destacado educador y periodista uruguayo, Julio Castro fue secuestrado, torturado y asesinado por la dictadura cívico militar uruguaya entre el 1 y el 3 de agosto de 1977, siendo uno de nuestros desaparecidos.

Durante tres décadas sus familiares y amigos luchamos por esclarecer las circunstancias de su muerte y desaparición forzada, lo que resultó imposible por ampararse las sucesivas autoridades en la llamada Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado.

En agosto de 2010 el actual Presidente José Mujica decretó que dicha ley no era aplicable al caso de Julio Castro, lo que abrió las puertas a la acción de la Justicia. Uno de sus familiares y el Movimiento de Educadores por la Paz, al cual pertenezco, actuamos como partes denunciantes. El caso pasó al despacho del Juez Dr. Juan Carlos Fernández Lecchini, actuando como Fiscal la Dra. Mirtha Guianze, que viene realizando una abnegada y valiente labor por el esclarecimiento de crímenes similares. El 17 de mayo de 2011 me correspondió desempeñarme como testigo ante el Juez. Éste, finalmente optó por procesar a dos funcionarios de muy baja jerarquía implicados en el crimen, sin tomar posición sobre responsables de nivel superior. La Dra. Guianze ha apelado ese fallo por considerarlo insuficiente.

Mientras tanto, el 21 de octubre de 2011, tras un trabajo de excavación convenido entre el anterior Presidente Tabaré Vázquez y la Universidad de la República, aparecieron en un predio militar restos humanos sepultados, sin duda de uno de los desaparecidos. Realizadas las pericias del caso, el 1º de diciembre de 2011 el Gobierno informó que dichos restos eran lo que quedaba del Maestro Julio Castro. Para la ciudadanía uruguaya, este hallazgo resultó uno de los hechos más conmovedores de la post dictadura.

Los restos quedaron retenidos por la Justicia para la realización de los peritajes necesarios y muy recientemente fueron entregados a los familiares. Las múltiples entidades que actúan en el campo de los Derechos Humanos consideraron que correspondía a la familia (por otra parte no muy numerosa) decidir los pasos propios del velatorio y sepelio de los restos.

Por decisión de la familia y en acuerdo con las autoridades respectivas (en el caso el Consejo de Educación Inicial y Primaria) el velatorio fue organizado para la tarde del viernes 11 de mayo en el salón principal del Museo y Biblioteca Pedagógicos, institución de la que es responsable el Consejo ya mencionado. No tuvo lugar, como se había hecho en casos anteriores, una marcha popular multitudinaria hacia el cementerio, por cuanto la familia resolvió que el sepelio tendría carácter íntimo en fecha posterior. Por tal razón, se pidió no llevar flores al velatorio en el local del Museo y encaminar donaciones voluntarias en efectivo a una cuenta bancaria con destino a la Escuela Primaria Nº 169 de Montevideo, que lleva el nombre de “Maestro Julio Castro”.

Al velatorio del día 11 concurrieron varios centenares de personas que ingresaban a la sala en la que en muchas oportunidades Julio Castro nos había dirigido la palabra. Sobre el estrado, al pie de una pintura muy conocida del Reformador de nuestra educación José Pedro Varela, se colocó la urna con los restos de Julio, una caja modesta de unos cincuenta centímetros de largo, un retrato de Julio, un modesto ramo de flores. La urna tiene una placa donde se lee: “Maestro Julio Castro Pérez” y tres fechas: “1908-1977-2011”, es decir los años de su nacimiento, de su asesinato y del hallazgo de sus restos. No hubo discursos, sí lágrimas y abrazos. Desfilaron autoridades gubernamentales, políticos, periodistas, intelectuales, dirigentes gremiales, artistas, y un número inmenso de docentes, que constituimos la otra familia de Julio. Como a las nueve de la noche, la urna fue regresada a la empresa funeraria.

Para mi esposa Matilde, para mi hija Mariana, que habían tratado a Julio durante años, y para mí fue una instancia de gran conmoción, por el amigo reencontrado, por la sincera emoción de todos, por el local en que estábamos, asociado a mi vida personal como escolar, como maestro, como conferenciante, como reiterativo denunciante del crimen.

La familia me comunicó que el sepelio sería al día siguiente, sábado 12, en la mayor intimidad. Hubo excepciones: el Contraalmirante Oscar Lebel, enemigo desde el principio de la dictadura y colaborador de Julio en varias acciones de salvataje de ciudadanos perseguidos, el Presidente y el Secretario del Movimiento de Educadores por la Paz, Matilde y yo.

En una primera parte de esa mañana nos encontramos con una treintena de familiares en un recinto especial muy acogedor dispuesto por la funeraria. Allí estaba, laica y sobria, la urna con los restos de Julio. Sobre las doce, se organizó el cortejo hacia el Cementerio del Buceo, siempre unas treinta personas. Todo fue rápido. La familia dispone de un nicho (el número 519 de la sección interior paralela a la calle Tomás Basáñez), donde también están los restos de Julito Castro, el hijo ya fallecido de Julio.

En agosto de 1987, en un acto recordatorio que tuvo lugar en el Paraninfo de nuestra Universidad al cumplirse los diez años de la desaparición de Julio, pronuncié unas palabras que incluían las siguientes: “En sociedades en que no se puede vivir sin documentos, el desaparecido se va convirtiendo en un indocumentado. Es urgente interrumpir este maleficio, movilizar las voluntades, desempolvar las leyes y lograr que las flores cultivadas durante la espera reposen al fin, sobre la losa que les corresponde”.

De modo que fui a una florería cercana a la funeraria y compré una hermosa rosa roja. Se me explicó que era importada de Ecuador, país donde Julio había trabajado durante seis años en programas de alfabetización y cuya capital, Quito, cuenta con una calle que lleva, en hospitalario reconocimiento, el nombre de Julio Castro.

A mi pedido los sepultureros colocaron mi rosa (no, no era mía, era de todos nosotros y sobre todo de Zaira, la esposa de Julio ya fallecida) sobre la pequeña caja, donde quedó, acompañándolo.

Hubo unas breves palabras de su hija Hebe agradeciendo la asistencia de todos y cada uno regresó a lo suyo.

Para mí, ha concluido una trágica búsqueda que ha permitido un reencuentro humilde, silencioso, auténtico. Como si diéramos vuelta una página y confirmáramos que la mitad del libro sigue teniendo sus hojas en blanco. Nos corresponde llenarlas, ante todo rindiendo homenajes al Maestro y al Periodista que tanto aportó a la historia de nuestras ideas y que por ellas sacrificó su vida. Lo haremos. Y persistiremos en hacer todo lo posible por lograr que la Justicia cumpla con el deber de arrancar de sus asesinos la Verdad que durante treinta y cinco años nos han ocultado, a sus familiares, a sus colegas, a sus amigos, al Pueblo todo. Como en tantos otros casos, rodeados todavía por mayores sombras.

Julio ya descansa de su fecundo y trágico viaje. Nosotros no tenemos, por ahora, derecho al descanso. Es mi invitación, que les hago llegar con un dolorido abrazo,

Miguel Soler Roca,

Montevideo, mayo de 2012.

Nota de SERPAL: Quienes lo deseen, pueden consultar en nuestra página: www.serpal.info, nuestro envío 448-11 del 5 de diciembre de 2011: ” Los maestros asesinados siguen enseñándonos. El hallazgo de los restos de Julio Castro en Uruguay.”

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