AMERICA LATINA: Colonialismo y descolonización: nuevas versiones

por Irene León, socióloga ecuatoriana, Directora de FEDAEPS y vicepresidenta del Consejo Directivo de ALAI.

Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No 474, correspondiente a abril 2012 y que trata sobre La descolonización inconclusa

Diversas perspectivas y estilos matizan los distintos procesos de cambio emprendidos en Latinoamérica, pero todos coinciden en levantarse sobre fundamentos de autodeterminación y soberanía. Más aún, varios de ellos sustentan sus proyecciones en enfoques políticos de la descolonización, perspectiva que se hace también ostensible como plataforma de partida para las nuevas iniciativas de la integración regional y su institucionalidad.

Dos países latinoamericanos, el Estado Plurinacional de Bolivia y Ecuador, han colocado la descolonización y la desneoliberalización como elementos imprescindibles para apuntalar su transición hacia el horizonte del Vivir Bien / Buen Vivir, una alternativa civilizatoria que implica, a la vez, el desmantelamiento del capitalismo y del patriarcado.

Otros países señalan la urgencia de descolonizar al momento de definir sus relaciones con terceros y, no en pocos casos, esta propuesta se levanta cuando de protegerse se trata, ya sea de los embates del imperialismo, del neocolonialismo -en particular de la codicia de las corporaciones transnacionales-, o del mismo colonialismo a la antigua que, en pleno Siglo XXI, afecta a alrededor de 20 “territorios no independientes”[1] del Caribe.

En los espacios clave de la integración regional, tales como la I Cumbre de la Comunidad de Estados Latinaomericanos y Caribeños[2] –CELAC-, ya casi nadie omitió mencionar a la descolonización como una necesidad histórica y hasta de plantearla como una urgencia, evidenciándola como “el” asunto histórico inconcluso, cuando tocó consensuar un epílogo para las celebraciones del bicentenario de la independencia, coincidente por esas fechas.

En las definiciones de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América -ALBA-, la perspectiva descolonizadora se transparenta en la misma visión “alternativa” fundacional, que teniendo en la mira la construcción de un futuro compartido, desde lo identificado como “propio”, postula la solidaridad y las complementariedades –ya no al mercado– como ejes conductores para la integración de los pueblos. Aquí el discurso expresa autodeterminación, tanto frente a los sojuzgamientos resultantes de las dinámicas capitalistas, como a las imposiciones del poder imperialista y neocolonial.

En la UNASUR, esta perspectiva se manifiesta principalmente en propuestas relacionadas con las soberanías, y se hace patente en el desarrollo de “enfoques propios” sea para el diseño de la Nueva Arquitectura Financiera, o para la definición del Consejo de Defensa Suramericano, entre otros.

Pero así como avanza la propuesta descolonizadora, también se reposicionan los poderes neo coloniales e imperialistas, la mayoría de las veces inextricablemente coaligados y exhibiendo recicladas interpretaciones de sus viejos métodos: la fuerza, la ideología, la amenaza, la estrategia sinuosa.

Un ejemplo es la reciente variante política de vetustos argumentos para justificar imposiciones, que ahora se presenta con titulares de “libertad”. “Liberar a los pueblos” y /o “llevar democracia”, son el aserto explícito con el que se impone la barbarización de cualquier forma de gestión política distinta de la liberal. En ese mismo orden de ideas, se sataniza cualquier intento de organización económica distinta del “libre” mercado, sea ésta socialista, comunitaria o simplemente soberana. La “libertad de expresión” es el argumento que encumbran las élites ante propuestas de democratización de la comunicación, que implican la potencial universalización del acceso efectivo a dicha expresión.

La manipulación del concepto libertad permite reposicionar viejos mecanismos de dominación, a través de conocidos instrumentos de presión que van desde la reprimenda verbal a los “llamados” de organismos internacionales, e incluso hasta la presión militar.

Así, aún resonaban los tambores de las celebraciones del bicentenario de la independencia, cuando comenzaron a aparecer los rezagos de su inconclusión. Lo más flagrante es sin duda el despliegue de ejercicios militares británicos, comandados por el más alto nivel del poder monárquico, el Príncipe Guillermo, en las Islas Malvinas, territorio argentino ocupado por ese reino desde hace casi dos siglos. En este caso, la inversión de papeles entre agresor y víctima ha ido tan lejos que David Cameron, Primer Ministro del Reino Unido, el Estado que más colonias mantiene en el siglo XXI, llegó a acusar al gobierno argentino de colonialista. Pero más allá de las anécdotas, esta “dinamización” de la militarización posiciona a la base militar británica en las Malvinas como la fuerza más importante de la OTAN en el Atlántico Sur. Por su parte, manifestando espíritu de cuerpo ante este avance de posiciones de beneficio común, el Presidente estadounidense, Barack Obama, se rehusó a endosar una condena a esta ocupación, impulsada por todos los países de América Latina, en el marco de la fallida VI Cumbre de las Américas, celebrada en Colombia, en abril del 2012.

Por otro lado, se han levantado también las presiones comerciales como un arma de coacción poderosa, que se aplica permanentemente y en distintos niveles; el más conocido ejemplo en esta materia es el bloqueo impuesto, desde hace medio siglo, a Cuba por los Estados Unidos -donde mantiene, además, bajo ocupación forzosa, la base militar de Guantánamo-. Otras formas, menos imponentes pero también incisivas, son las presiones sobre preferencias arancelarias, que se negocian de forma bilateral según el “comportamiento” político de los países, o las “certificaciones” de distinta índole que emiten algunas instancias de los poderes dominantes: comerciales, de derechos humanos, de corrupción, etc.

En otra escala pero en la misma materia, figuran las presiones que resultan de las instituciones internacionales, tales como la Organización Mundial de Comercio, las Instituciones Financieras Internacionales, y otras instituciones neocoloniales como el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones –CIADI-, cuyas políticas de arbitraje externo colocan a Estados y empresas en igualdad de condiciones; por eso Bolivia, Ecuador y Venezuela se han retirado de esa instancia, en rechazo a la renuncia a la soberanía de los países que representa tal enfoque.

Pero si la versión del neocolonialismo en el siglo XXI tiene una marca identitaria, esa es la imbricación inalterable entre sus intereses, los de los capitales anónimos y los de las corporaciones transnacionales. El ejemplo de su aplicación práctica más reciente es la amenaza lanzada por el gobierno del reino español, de considerar a Argentina como “un paria de la comunidad internacional”, luego de que ese país expropiara el 51% del capital social de la empresa petrolera REPSOL-YPF, en respuesta a una suerte de boicot sostenido de la reinversión en el país. Argentina “se ha dado un tiro en el pié”, afirmó el canciller español, José Manuel García, a la vez que anunció represalias diplomáticas, comerciales, industriales y energéticas. Similares opiniones emitieron las Instituciones Financieras Internacionales, mientras en América Latina las felicitaciones para el gobierno argentino, que se multiplican, contienen invariablemente menciones a la dignidad, a la soberanía, a la descolonización.

Así configurados, los poderes imperialistas y neocoloniales están afanados en “reconquistar” el mundo, y en eso la palabra “acaparar” es la que más refleja la situación. La apropiación de tierras urbanas y rurales, de las fuentes hídricas, de minerales, y aún más, de todos los principios de vida, es una de las principales características del contexto actual. Las agendas de control geopolítico, con pretensiones incluso inter galácticas, están delineadas por las ambiciones transnacionales de esos acaparamientos territoriales y de recursos, mismos que son abundantes en América Latina.

Por eso, y por cuestiones de dignidad, el planteo descolonizador en la región es indisociable de las emergentes iniciativas de cambio y de integración, pues además de involucrar al conjunto, tiene que ver con el modo como se configuran los mecanismos de dominación en el siglo XXI y, por ende, también con el diseño de las estrategias para desmontarlos.

La descolonización en proceso

Hacer de la descolonización una cuestión política y regional, interrelacionada con las propuestas de cambio -Socialismo del siglo XXI, Sumak Kawsay, Vivir Bien y otras-, es sin duda el primer escaño ineludible para su consecución, en una región donde, como señalamos anteriormente, conviven distintas situaciones y relaciones de poder colonial y neo colonial, complejizadas según las reglas de juego del capitalismo global.

Se han dado pasos en ese sentido. Así, el Estado Plurinacional de Bolivia ha dado un salto de gigante, al colocar la descolonización como pieza política clave para el despunte de su proceso de cambio, como también al plantear, de manera subsecuente, la necesidad de unas políticas de Estado e instrumentar una institucionalidad para impulsarla. Con esos macro ingredientes, es de prever que si bien el camino por recorrer para su realización será extenso, las reglas del juego están trazadas, por primera vez en la historia.

Igual sucede en Ecuador donde, desde una perspectiva distinta, los caminos hacia la descolonización se esbozan, en esta primera fase, en la arena de la autodeterminación económica, inherente a la soberanía y al proceso de desneoliberalización. En este caso, el cese del neocolonialismo es incluso el leitmotiv, de amplio consenso, para explicar y sostener cambios o procesos complejos, tales como la auditoría de la deuda externa (realizada en 2008) y sus subsiguientes negociaciones con el sector financiero internacional amparadas en la noción de “deuda ilegítima”.

En ambos casos, la descolonización está en la mira y en ambos se postula que la despatriarcalización constituye un elemento consustancial para emprender la transición hacia la construcción del Buen Vivir / Vivir Bien. Hablamos entonces de transformaciones estructurales de fondo, donde la perspectiva de refundación del “Estado” desde lo plurinacional, abre la posibilidad cierta de vindicar tanto a los pueblos indígenas como, en clave plural, a los afrodescendientes y otros sectores.

En el ámbito regional, Petrocaribe, iniciativa de solidaridad y soberanía energética, puesta en marcha por el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela en 2005, marca un hito en el impulso de prácticas de descolonización, pues se hace con los países calificados como los más periféricos de la región[3] -donde los abusos de las transnacionales navieras y otras son innumerables-, justamente los países que están en esa zona de frontera donde las relaciones coloniales aún marcan pauta. Allí, también se condensan múltiples consecuencias del tráfico transatlántico, que involucró a varios millones de personas desplazadas forzosamente desde África -se estima que entre el siglo XVII y el XIX se realizaron unos 35.000 viajes traficantes-, y por eso mismo, en ese contexto, una propuesta de transformación, que contempla la participación de esos pueblos, delinea una propuesta de descolonización real y de porvenir.

Los pueblos latinoamericanos siguen en resistencia, pues aún inmersos en uno de los procesos de cambio más sustantivos del mundo, confrontan unos poderes capitalistas y neocoloniales dispuestos a todo para mantener el control a escala global. No obstante, también es cierto que hay muchas condiciones dadas –incluso por la crisis estructural del propio capitalismo– que hacen viable que este camino de descolonización planteada, de soberanías, de superación del capitalismo, sea una gran posibilidad.

Estamos, pues, ante un escenario de complejidades acentuadas, junto a las que afloran propuestas en un proceso de construcción por demás dinámico. Toman forma debates de fondo, que alimentan y desafían los alcances de un pensamiento propio que despunta. En fin, hay esperanzas, como la de que pronto Puerto Rico y los demás pueblos en situación colonial compartan, desde la autodeterminación, los sueños de un nuevo porvenir para la región.

Notas:

[1] Puerto Rico, Guadalupe, Martinica, Barbados, San Bartolomé, Saint Martin, Aruba, Bonaire, Curazao, Saba, San Eustaquio, Sint Maarten, Islas Caimán, Islas Turcos y Caicos, Islas Vírgenes, Islas Vírgenes Británicas, Anguila, Montserrat. Incluso en países como Jamaica, que logró su independencia en 1962, sigue siendo Jefa de Estado la Reina británica.

[2] Caracas, diciembre 2 y 3 de 2011

[3] Está conformado por Venezuela, Cuba, República Dominicana, Antigua y Barbuda, las Bahamas, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Jamaica, Surinam, Santa Lucía, Guatemala, San Cristóbal y Nieves y San Vicente y las Granadinas (Honduras fue suspendida tras el golpe de Estado en junio 2009)

Publicado en América Latina en Movimiento

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