ARGENTINA: Videla: confesión estéril y maliciosa

por Julio Semmoloni

Si alguien pretende que lo admitido por el máximo genocida condenado por la justicia argentina constituye un punto de inflexión en el esclarecimiento del terrorismo de Estado, sepa que la verdadera historia de un pueblo no se construye sobre relatos caprichosos y ocasionales, ajenos a la legítima intención de ese pueblo por conocer su pasado.

La identificación de los restos de personas desaparecidas durante la dictadura argentina (1976-1983), por parte del Equipo Argentino de Antropología Forense, es la comprobación científicamente irrefutable de cómo se cometió el genocidio demostrado jurídicamente en los tribunales de la justicia argentina. Por eso, el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, afirma que “los juicios ya forman parte del contrato social de los argentinos”. Este compendio de certezas reúne una carga valorativa inconmensurable, que inequívocamente remite al más elemental concepto emanado de la trilogía: memoria, verdad, justicia.

La “decisión irrevocable” de investigar y juzgar tras la inconstitucionalidad de la amnistía, adquirió un impulso que se difundió por todo el país a medida que desde los tres poderes del Estado se reconoció que no hay marcha atrás en sus consecuencias. Las objeciones y los obstáculos persisten por doquier, es cierto, pero ¡cómo no habría de ser así si se está transformando la historia de un país por primera vez!

De pronto, desde la más reacia de las percepciones de este diáfano acontecer nacional proviene la inaudita declaración del condenado reiteradamente a prisión perpetua por toda clase de crímenes de lesa humanidad. Jorge Rafael Videla le contó a un periodista y escritor que defiende la “teoría de los dos demonios”, su versión de los terribles hechos que lo tuvo como principal autor y responsable. En ese marco de ominosa intimidad, fluyó espontáneo un relato que le negó como nadie a las instituciones republicanas que le garantizaron el debido proceso.

Sus palabras son desmesuradamente impiadosas, propias de un inconcebible culpable y sentenciado. Palabras que llegan extemporáneamente, demasiado tarde, y no podrán modificar un ápice de la conciencia, el pudor y la ética que atesoran innumerables querellas de los organismos de derechos humanos. Son palabras que no fue capaz de soltar donde sí debió hacerlo hace décadas, paradójicamente por el miedo que le daba el vacilar, entonces, acerca del desenlace que tendría la legítima reparación buscada institucionalmente por sus víctimas. Ya pasaron todos los años, todas las alternativas de los avances y retrocesos. Como refrendara el titular del más alto tribunal de la república: “esta marcha no tiene vuelta atrás”. Por eso también hace tiempo que los dichos de Videla pueden significar una confesión, ya no una revelación.

El genocida Videla habla como un desahuciado. Por eso pretende provocar con su declaración estéril, cínica, disgregadora, subrepticia y maliciosa. Y de inmediato obtiene el trato de los procederes abiertamente democráticos que tanto aborrece: sus palabras reciben la más amplia difusión. Esta democracia nacional y popular que él detesta hasta el paroxismo, no le tiene el más mínimo temor a sus palabras. Nada de lo que pueda decir le será censurado. Aun sometido a la peor de las condenas toleradas por la Constitución Nacional, el sistema político vigente para su entero disgusto, lo mismo le garantiza libertad para pensar y decir lo que quiera sin reproches legales ulteriores. Conducta habitual del gobierno constitucional más escarnecido e injuriado de todas las épocas.

Espero que Ceferino Reato, autor del libro Disposición final, donde publica las palabras de Videla, no se deje ganar por una impulsiva satisfacción narcisista. Presumimos cuáles son los motivos de que fuese el destinatario de esta repentina franqueza del mendaz dictador. Ahora bien, puede que entre los diabólicos códigos de conducta de estos genocidas, la disposición final de los dichos recogidos cuando casi nadie los esperaba, implique el cumplimiento de la consigna para sacarse de encima una información que ya no les sirve para nada. Y Videla se aprovechó convenientemente del mensajero de esos desechos.

Julio Semmoloni | Desde Mendoza, Argentina

Puesto en línea por SurAmericaPress el 19 de abril 2012

Fuente: Prensa Mercosur

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