ARGENTINA: Discurso oficial, Rattenbach y Sintonía Fina

A 30 años de Malvinas

por Diego Ghersi | Desde la Redacción de APAS

Luego de tres décadas se dan las condiciones para intentar la construcción de un relato del episodio que esté a la altura de su complejidad social.

La presidenta argentina junto a Augusto Rattenbach, hijo del autor del Informe que lleva su nombre.

La reciente decisión de la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, de ordenar la apertura pública del Informe Rattenbach reconoce oficialmente a ese documento como un eje discursivo fundamental para la construcción de un relato del conflicto.

La iniciativa presidencial reconoce el públicamente indiscutido prestigio personal y profesional del general Augusto Benjamín Rattenbach, militar designado por sus propios pares para dirigir la Comisión que desarrolló los análisis y estableció conclusiones acerca de la conducción de la Guerra de Malvinas.

Lejos de ser una decisión al margen de la realidad cotidiana de la sociedad argentina, la iniciativa presidencial puede reconocerse como contribuyente a lo que la misma mandataria rotulara como “sintonía fina” del “modelo”, entendiéndose que la denominación de “modelo” no se agota en una cuestión económica sino que se inmiscuye y se involucra profundamente en lo social.

“Modelo” en permanente construcción y, fundamentalmente, apuntado a la definición de la forma de vida que los ciudadanos argentinos desean para sí mismos y para sus descendientes.

En particular, el conflicto bélico del Atlántico Sur de 1982 ha sido, desde su finalización, sujeto de variadas interpretaciones y tensiones, fruto del desgajamiento en partes de un tema complejo. Así, la aplicación de la “sintonía fina” presidencial en la temática del Atlántico Sur comienza con la desclasificación del Informe Rattenbach y abre el camino del abordaje social de todas sus cuestiones conexas con miras a lograr que, de su debate, la sociedad elabore e intente el cierre discursivo de un tema que le es sensible.

De acuerdo a lo anterior, y sin presumir de poder enumerar todas sus partes, vale la pena señalar algunas problemáticas: la preparación del militar profesional; el replanteamiento de las doctrinas de guerra; los vejámenes de conscriptos durante la campaña; el maltrato diferencial de conscriptos judíos durante el conflicto; el ocultamiento a la sociedad de los soldados que regresaban; el reparto del reconocimiento del status de veterano de guerra; los suicidios masivos de ex combatientes; y la asignación general de honores tendiente a fundar un consensuado panteón de héroes.

De la lectura del trabajo efectuado por la Comisión Rattenbach queda claro que se vulneraron los mecanismos previstos en el sistema de Planificación adoptado por la Nación Argentina.

Partiendo de una situación anómala, materializada por la existencia de un gobierno militar de facto; en ausencia de un Congreso; en ausencia de un Poder Ejecutivo elegido constitucionalmente; y en ausencia de Oposición Política, la trascendente decisión de ir a la guerra en 1982 quedó en manos de una Junta de Comandantes conscientes de la pública, notoria, pérdida de poder a que estaban sujetos. De ahí deriva que la decisión de recuperar las Islas Malvinas no se agotara en sí misma sino que debía servir a la continuidad del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”.

Es en esa equívoca situación que se dispararon defectuosamente los mecanismos de planificación inherentes a la práctica bélica previstos por la doctrina oficial. Un error incomprensible por cuanto fue cometido por militares profesionales – encumbrados “de facto” en ejercicio del gobierno nacional- que habían estudiado pormenorizadamente la metodología reglamentaria en los institutos superiores de formación para la guerra.

La metodología de planificación inherente a lo bélico requiere -como condición imprescindible y no negociable- que se la respete al máximo grado de detalle posible, hasta un nivel obsesivo. Hay razones para ello: los errores en la guerra se cuentan con muertos.

Aún así, el excelso cuidado que debe guardarse en cada nivel de todas las etapas del planeamiento no garantiza el éxito, habida cuenta de que enfrente se encuentra un adversario tan o más inteligente y que aplica con mayor o menor habilidad un método similar. Sin embargo, el celo por el detalle sí garantiza una cuestión no menor: la seguridad de haber razonado en forma lógica y no haber olvidado detalle alguno.

Basado en estos principios reglamentarios, el Informe Rattenbach concluye que en 1982 la conducción argentina de la guerra aplicó defectuosamente la metodología de planeamiento y toma de decisión en todos sus niveles y tal cuestión abonó una cadena de errores de a tramos interrumpida por no siempre reconocidas perlitas de valor individual.

En comparación, Gran Bretaña supo desde el comienzo cómo hacer frente al problema militar con un sólido respeto a su respaldo teórico y el conocimiento para materializar la solución en la práctica. Un ejemplo lo constituye el celo con que el gobierno británico eligió a sus comandantes.

En efecto, una vez decidida en Londres la respuesta armada, la elección del Comandante de la Operación recayó sobre el Almirante Sir John Forster “Sandy” Woodward, designado por sus cualidades personales desde lo alto del poder político británico para confiarle el mando de la más poderosa flota de ultramar que el Reino Unido podía reunir.

No se suele pensar –simplemente porque no sucedió- que una derrota de Woodward hubiese condicionado la historia británica para siempre. A lo largo de mil años, Gran Bretaña siempre ha tomado muy en serio la guerra.

Woodward comenzó a pagar las apuestas que por él se hicieran desde la concepción de su Plan Esquemático de Operaciones (PEO). Simple, ese PEO constaba de tres puntos: aislar las Malvinas; desembarcar una fuerza de combate terrestre y tomar Puerto Argentino.

Esa concepción disparó tres planes contribuyentes, cada uno correspondiente a los tres componentes que formaban la Fuerza de Tares Británica: el naval, el aeronaval y el de las fuerzas terrestres previstas como núcleo de la Fuerza de Desembarco (FD). De manera natural todas las piezas cayeron en su lugar merced a una clara cadena de comando en la que todos conocían sus responsabilidades y sus limitaciones.

Otro tanto puede decirse del Comandante de la FD, Mayor General Sir John Jeremy Moore, Caballero Comandante de la Orden de Bath; Oficial de la Orden del Imperio Británico y Cruz de Guerra inglesa.

Tanto título explica parte de las razones de su elección. Pero hay más: el alto mando británico lo escogió por considerarlo el oficial más apto para conducir una fuerza heterogénea que comprendía a Infantes de Marina; Gurkas; Paracaidistas; Guardias galeses y escoceses, y elementos del Ejército. Un conglomerado que rara vez operaba junto y que, encima, no se repartía simpatías entre sí. El resultado otra vez pagó doble: Moore recibiría la rendición final de las fuerzas argentinas en las islas.

Esta manera de elegir comandantes no es casual. La concepción de la guerra consolidada durante el siglo XX –fruto del pensamiento de los teóricos desde los tiempos de Jomini y Clausewitz- considera que el comando debe otorgarse desde el máximo liderazgo político a un hombre de experiencia y coraje, intrépido en la batalla, firme en el peligro, sincero y leal con quién el Comandante Supremo –político- pueda vivir en armonía.

Si el Comandante Supremo -político o militar- no es capaz; si no ocupa su lugar y si interfiere con el profesional a quién encumbró para conducir la guerra, se establece un ruido que en los hechos conduce al desastre.

El informe Rattenbach describe el mismo proceso desde el lado argentino, desde la toma de decisión de ir a la guerra hasta la conducción táctica del combate.

Para empezar debe considerarse que los conductores de la guerra del bando argentino no habían pasado por un proceso de selección mediado por la autoridad civil, cuestión que recién se instrumentaría con seriedad muchos años después, desde el Congreso Nacional y que al día de hoy ha significado una poda excepcional de oficiales sin antecedentes en la Historia Argentina.

Esa carencia de selección disparó una lotería. Eventualmente podía ser que los comandantes designados estuviesen a la altura profesional de las circunstancias o que no lo estuvieran. Pero ocurre justamente que la eliminación de la eventualidad, de lo azaroso; la obsesión por reducir al máximo el factor imponderable, son las condiciones para las que los teóricos de la guerra han buscado durante siglos un método racional. Método que Argentina sí tenía escrito en sus reglamentos.

Esta circunstancia de base aleatoria se sumó al hecho de que el poder supremo de la Nación no hubiese sido filtrado antes constitucionalmente y generó que la conducción estratégica –y también de las operaciones de nivel táctico- no estuviese en manos de los mejores profesionales.

La diferencia es enorme: mientras Gran Bretaña sabía cuán cara le resultaría la derrota y para evitarla apelaba a sus mejores hombres, Argentina tomó simplemente lo que tenía servido en la bandeja -sin consideración previa de aptitud para enfrentar la ocasión- y lo articuló en una organización de autoridad defectuosa en la que el Comandante Supremo –que debió ser político- influyó negativamente.

Así, el Informe Rattenbach señala que durante una visita a las islas en los días previos al comienzo de la batalla, el Comandante Supremo ordenó el traslado de una brigada completa para reforzar las islas haciendo caso omiso del buen, regular o mal planeamiento del comandante terrestre que sólo había considerado el refuerzo de sólo un regimiento.

Esta influencia del Comandante Supremo generó un “embotellamiento” de unidades; problemas logísticos y problemas de organización que en nada ayudaron a las previsiones de quién estaba al frente de la Defensa (artículo 608).

Esta circunstancia, que se desprende tácitamente de los análisis y conclusiones del Informe Rattenbach, da cuenta de la importancia del trabajo de la Comisión. Sólo un profesional de consenso positivo generalizado podía sugerir tal situación a través de la aplicación de sólidos fundamentos doctrinarios.

Si el Almirante Woodwark debía recuperar las islas, su contrapartida, el Almirante Lombardo debía impedirlo como Comandante del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur. Su Plan Esquemático –analizado en el párrafo 633 de Informe Rattenbach- consistía en atacar a los británicos en su momento de mayor debilidad: el desembarco.

Fuerzas navales y aéreas debían castigar a las unidades navales británicas, mientras desde tierra se cercaba y sometía al fuego a las fuerzas del general Moore que intentaran desplegar en la playa. El plan, en ese aspecto nuclear, no se efectivizó nunca. A diferencia del PEO británico, no era simple y por muchas razones –Rattenbach lo explica- no respondía a la verdadera capacidad de las fuerzas bajo su comando.

Pero antes de eso, el Almirante Lombardo aceptó comandar una fuerza en la que se privaría del uso de elementos navales y de hecho aeronavales –el portaaviones fue preservado fuera de la zona de guerra- por el riesgo que significaba un enfrentamiento directo con la flota británica. Tampoco tuvo el control de los elementos de defensa terrestres que –como se dijo antes- fueron modificados a placer y no con lógica por el Comandante Supremo.

En definitiva, Rattenbach sostiene que el Comandante del TOAS “demostró poca voluntad de evitar el bloqueo naval británico con los medios navales propios”, lo que significa haber renunciado a utilizar los medios navales de superficie en forma limitada para hostigar las operaciones enemigas en todo momento, enfrentando los riesgos inherentes de cualquier guerra (párrafo 634.g). Y eso, intentar, era lo menos que se podía hacer.

De esta manera, el Informe Rattenbach fija posición oficial respecto a la conducción argentina de la guerra, deslinda responsabilidades, señala errores desde la doctrina y hasta reparte elogios.

Así el trabajo subraya el valor de los pilotos de las tres fuerzas armadas de quienes destaca su predisposición para enfrentar condiciones adversas desde lo material y doctrinario, en lo táctico y logístico. También destaca –entre otros- a la Artillería del Ejército, a las Agrupaciones de Comandos 601 y 602 , al Regimiento de Infantería 25 (RI25) y al batallón de Infantería de Marina N°5.

Pero al distinguir el Informe Rattenbach la conducta de las unidades precedentes, también da paso a nuevas situaciones, algunas no suficientemente tratadas y pasibles de “Sintonía Fina” a las que deberá buscarse un cierre, como por ejemplo el reconocimiento de aquellos oficiales que a pesar del desorden organizativo y la carencia de medios llevaron al límite el valor de sus actos.

Para empezar por algún lado, es necesario recordar que los comandantes de las unidades de combate distinguidas por su accionar en el Informe Rattenbach tampoco fueron elegidos para la oportunidad sino que fueron sorprendidos por el inicio de una guerra que se les impuso de la noche a la mañana.

Dicho de otra manera, el mismo azar fruto de un planeamiento deficiente que ubicó a comandantes mediocres para la conducción estratégica, colocó también conductores aptos en algunas unidades tácticas y les dio la oportunidad de convertirse en héroes por su desempeño. ¿Han tenido el reconocimiento que merecían? ¿Quedaron presos del cúmulo de problemas anexos? ¿Qué distingue a estos hombres aún anónimos de otros que hoy cortan las calles exigiendo impudorosamente los reconocimientos que creen merecer?

Un oficial -que durante la guerra se desempeñó en el BIM 5- aún se sorprende de la suerte que representó para esa unidad que la guerra la hubiese encontrado bajo el comando del Capitán de Fragata (IM) Carlos Hugo Robacio, oficial que para sus dirigidos se adaptó naturalmente a la situación; agotó los recursos a su alcance en el cumplimiento honorable de su misión y se ganó el respeto de sus enemigos.

Otro tanto podría decirse del entonces Teniente Coronel Martín Balza (Artillería del Ejército) o de los Tenientes (EA) Esteban, Estévez, Gómez Centurión o Miño (IM) y García Quiroga (ARA). Si el lector no reconoce algunos nombres es señal de que tal vez merecerían mayor reconocimiento ante sus conciudadanos.

Son situaciones como estas a las que la aplicación de la “Sintonía Fina” ligada a la construcción del Relato Oficial debería problematizar para separar la paja del trigo. La misma presidenta Cristina Fernández reconoce a los oficiales “sanmartinianos” de los “otros” en un intento por dejar claro que los errores de unos no pueden ser pagados por “todos”. Además, una Nación que se precie debe consolidar –consensuar- su Panteón de Héroes.

Para hacerlo, la aplicación de una sintonía fina seguramente deberá enfrentar situaciones tan contradictorias como incómodas que subyacen semiocultas pero que merecen esclarecimiento acorde a la ley y tendiente a forjar lo que la sociedad prevea para su futuro.

No es casual que estos temas afloren a casi treinta años de los sucesos del Atlántico Sur, en momentos en que la sociedad argentina visualiza el final próximo de los juicios derivados de la represión ilegal: una vez alcanzada la legítima justicia y recuperado el culto de la memoria, será posible la recuperación de las Fuerzas Armadas para los supremos intereses que la Nación juzgue conveniente. El mundo entero sigue girando, no podía detenerse para siempre.

A treinta años, con el orden democrático en pleno funcionamiento, con un país que empieza a creer que ha resurgido de las cenizas, con políticas de Estado que han hecho del respeto a la vida su bandera fundamental; con la justicia materializada en mundialmente inéditos Juicios por la Verdad, y sin olvidar nunca que aún faltan resolver infinidad de cuestiones; parece haber llegado la hora de avanzar y otorgar entidad a situaciones conflictivas derivadas de la guerra.

A ese sentido apunta el primer paso dado -desclasificar el Informe Rattenbach- que es puntapié inicial para la inclusión y problematización social de todas las cuestiones conexas. En ese intento, que derivará en la construcción de un dinámico relato oficial, está inserto el delicado desafío de esclarecer; de no repetir errores y de colocar cada responsabilidad en el lugar de honor o castigo que le corresponda.

Eso también, es “sintonía fina”.

Puesto en línea por SurAmericaPress el 02/04/2012

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